Si alguien pensaba que Venecia no podía estar más saturada de turistas en temporada alta, Jeff Bezos y Lauren Sánchez han demostrado lo contrario. Su boda, vendida como el enlace del año, se ha convertido en la pesadilla de los venecianos: una celebración tan descomunal como polémica, con un coste que ronda los 50 millones de euros y que ha convertido a la ciudad en un parque temático privado del lujo extremo.
Desde hace días, los canales de Venecia son un ir y venir de superyates. No uno ni dos: hasta cinco megayates han atracado en la laguna para alojar a un ejército de invitados VIP. Entre ellos, Leonardo DiCaprio, Kim Kardashian, Lady Gaga, Mick Jagger, Oprah Winfrey o la reina Rania de Jordania, por mencionar solo a algunos. Todos transportados por una flota de más de 90 jets privados, porque el amor, al parecer, necesita despegar con estilo.

Pero la boda no es solo un despliegue de invitados ilustres: es el derroche elevado a arte. Lauren Sánchez, en lo que ya se ha bautizado como el desfile nupcial del siglo, ha lucido 28 vestidos distintos, firmados por casas como Dolce & Gabbana, Oscar de la Renta o Dior. Y mientras tanto, Venecia intenta sobrevivir a un caos monumental: los taxis acuáticos están bloqueados, los hoteles de cinco y siete estrellas reservados al completo, las góndolas fletadas para la ocasión y las calles cortadas para asegurar que el desfile de estrellas no se vea perturbado por la vida real.
Los vecinos, hartos, no se han quedado callados. Pancartas de “No Space for Bezos” cuelgan en plazas y puentes, mientras los activistas denuncian lo evidente: la ciudad ha sido tomada por la élite mundial y transformada, literalmente, en una fiesta privada. Una fiesta que, por cierto, incluyó una sesión de espuma y champán en islas privadas, mientras la ciudad, Patrimonio de la Humanidad, lidia con las consecuencias de un evento que parece más un desfile de poder que una boda.
Las autoridades, eso sí, lo venden como un “impulso al turismo premium”, aunque las ONG advierten del riesgo de convertir Venecia en un escenario vacío, un decorado para los caprichos de los más ricos. El verdadero precio del “sí quiero” de Bezos y Sánchez no son los millones gastados, sino el mensaje que queda: el dinero puede comprar incluso una ciudad entera, al menos por un fin de semana.
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